6.NACIÓN

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Mientras el cielo se abría en agua sobre Barcelona, la filósofa Victoria Camps presentaba su libro "Elogio de la duda".  Todo muy correcto. En el coloquio, las preguntas fluyen a granel. La gente quiere saber. Pero nadie dice una palabra más alta que otra, nadie pregunta a quemarropa, que es lo que hace atractivos este tipo de actos. Mientras escucha y responde a los participantes, Camps chupetea algo, tal vez un caramelo. Al Facticio, que se ha sentado por casualidad a escucharla, le da por pensar que aquella que tiene enfrente es una sociedad atemorizada y duda si irse a pasear por el Ensanche, que la tormenta ha pasado y se ha quedado soleada la mañana. Mientras decide, la filósofa Camps establece una diferencia radical entre "convencer" a alguien y "persuadirle", con las connotaciones racionalistas que lleva el primero de los verbos y el talante entre autoritario y trilero del segundo. Una sociedad tan polarizada en torno a sentimientos tan básicos y primarios como el nacionalismo tiene muchas papeletas para ser una sociedad atemorizada. Porque tras las exhibiciones de patriotismo de los profesionales lo que nos queda es la pelea entre la gente corriente por contratos de trabajo, por subvenciones o por mostrar que uno también es "puro de sangre". Y porque, aunque la conferenciante piense que en el nazismo el problema fue la falta de formación ética de los dirigentes, o sea, el triunfo de la persuasión sobre el convencimiento, lo que en realidad pasó fue que entre la nación y el ideal de raza hicieron emerger los peores instintos que habitan en todos los seres humanos hasta llegar al exterminio de la población odiada. Esa transformación se produjo tanto en sujetos presuntamente éticos, como Heidegger, como en canallas constitucionales tipo Eichmann. La verdadera naturaleza del Mal es algo que la autora Camps no tiene del todo claro porque ya se encargó Hanna Arendt de oscurecerla, como bien explica George Steiner, de forma interesada.
Lo más preocupante de los programas políticos que se sostienen sobre tramas identitarias es que dejan tras de sí largos regueros de excluidos sociales. Y de eso tienen tanta culpa los que hacen las leyes como los "banales" que presencian atropellos sin decir nada. A diferencia de los psicópatas, éstos jamás podrán librarse del recuerdo de "aquel- día-en-que-fui- cobarde". El que no duda, lleva razón la Prof. Camps aunque no lo señalara, es lo más parecido a un idiota.